sábado, 9 de noviembre de 2013

Al fin solos.

Nuevamente en la espontánea pero tentativa sala compartiendo las miradas y una que otra canción, me llevarías entonces de la mano a tu habitación en donde las palabras pasarían hacer lagrimas y las confesiones no eran más sino un acuerdos entre tu pensamiento y el mío, en ese momento nos mezclamos con los sentimientos y rompimos nuestra primera regla (no enamorase) no falto decir te amo era obvio se notaba por encima de la ropa.
Fue inexplicable como pasamos de la cama al suelo y del suelo a una mesa. 

En mis vagos repasos encuentro un efigie de mi cuerpo en la mesa. Me encontraba sentada con las piernas plenamente abiertas enredadas en tu cinturón, mientras mis manos se apoyaban en la mesa, mi cabeza echada hacia atrás conducida por un leve movimiento, mi respiración era lenta muy profunda casi terminaba en un suspiro. 
Así mismo con los pies en el suelo y mis pechos sobre el tablero de la mesa, tenía mi cabeza casi que rodeada por mis brazos y por el reflejo de la luz lograba ver tus dedos como apretujaban mis caderas.
Al pasar de nuevo a la sala solo nos basto un puf, en donde sería un rato tuyo y un rato mío, yo en pie danzando sensualmente luciendo un tentador corsé con ligeros ; que soberbio juego tu lengua entre mis piernas, tu sosegado y mi boca deslizándose por tu ombligo. Un dilatado beso y una vez más estaría en los sitiales de la sala sentada en la cabecera contigo en frente venerado en el sillón, tantos abrazos y besos hacían apaciguar ese momento de placer se pausaba como si de repente hubiera espacio para un te amo y una lagrima delatadora. Enigmático como se pasa del libio hacer el amor que falsedad cuando se niega sentirlo.
El peso de mi cuerpo en la pequeña mesa de la sala hacia resonar el frió vidrio del centro y es justo en ese momento fue cuando comenzaste a explorar mi cuerpo con tu nariz. Como me arrebatabas la esencia de mis piernas, de mi cintura, mis senos incluso terminar por husmear hasta las puntas de mi cabellos. 
Ese sobresalto de inocencia y nervios cuando me tocabas, lentamente tus dedos irrumpían en mi vagina, iniciando con uno, luego con dos, inclusive comprimir tres dedos, lo hacías con tanta sutileza sin ninguna ambición sobretodo muy afable a mis oscilaciones cuando hacia un gemido o si me mordía los labios. Creo sentir cuando me observas, la avidez que destroza tu calma, ese apetito voraz por comerme, cogerme, tirarme, penetrarme sin censura llenar mi cuerpo de tu sed, decirme sin palabras que soy lo único que necesitas y que con solo verme a los ojos soy tu vida entera. Deshacerme cual si fuera rebanada de carne y nuevamente rehacerme para que no pareciera un crimen. Estoy condenada a ti pues las siguientes palabras aun se hacen realidad. “Nunca podrás sacarme de tu vida aunque lo intentes”.

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