viernes, 6 de diciembre de 2013

El liado del temple.



Aun así viéndolo a lo lejos. A lo largo de la calle. Con tan solo notar que está a un cruce de avenida, puedo sentir como un inocente calor me inunda el torrente sanguíneo. Me ultima la calma, me hace sobrepasar cualquier juicio. Mi larga serenidad practicada varios días atrás al parecer es asediada por la minúscula mueca de mis labios al sonreír. Esa chispa que interrumpe mi mesura, me aniquila el habla, me roba la calma, me obliga a pedir permiso para tener un fino y común gesto de cortesía. La brisa que es inquieta al revolverse entre tus cabellos, me da un segundo más para poder regresar a la calma, pero no, ya que la inquieta brisa me llena de ansiedad al no dejarme contemplar tus ojos. Esos tristes ojos que me han regalado más de un agrado acompañado de una lágrima. La ropa que llevas puesta es precisa de ti.

Una larga caminata que pone a tope mis nervios, una inquietante espera en la cual nace una pregunta breve [¿que pasara cuando abra la puerta?] siguen haciendo de mi actitud un manojo de inseguros impulsos haciéndome fijar minuciosamente en todo como el fastidioso cordón que sale de tu zapato. Me da el pre aviso de un burlesco accidente que por suerte o por suerte para ti no ocurre y vuelve a entrar en él. La llamativa idea de recoger los pasos que dejaste hace tiempo ya te hacen en la cocina. Husmeando si algo debía estar como lo estuvo en a aquel tiempo, para hacer del repaso algo más intenso. Parecías estar en tu propia casa o mas que eso. Quizás un lugar en donde alguna vez se pinto un paraíso con un pincel de carne y color de deseo. El sin aire de la subida por las escaleras, poco te deja pronunciar preguntas, al hallar más de ese olimpo en el que alguna vez fuiste el señor y poseedor. Pues ya se hallaba habitado por un infame vasallo. Aun de todos modos si esa parte del aquel edén ya estuviese ocupada, quedaría más paisaje para reinventar como cuando, en tú estadía gloriábamos nuestra soledad para invocar una vez más esas plegarias que le rezábamos al cuerpo, sería necesario dejar el alma en paz y llena de tranquilidad aun que el temor nos invadiera el cuerpo ya se consentía que sería nuevamente culpado y esgrimido para cualesquierarle la verdad. ¡Que proclame! Que lo que se lleva por dentro, solo se sabría si lo buscase. Buscarías entonces entre mis estirados labios, los cuales responderían con un accionando gesto de negación, solo le serviría si lo encontrará al llegar hasta lo profundo de mi lengua para allí poder desenredar los sentimientos. Los orondos y secos besos llegarían a la parte desafilada de mis caderas en donde más te ha gustado tomar el más de los arriesgados reposos, abrazándome por mis piernas para no dejarme huir cuando estés agonizando por la lascivia.

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